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¡Nos vamos de la ciudad! 6 apuestas por la vida rural

Lun29Jul2019

¡Nos vamos de la ciudad! 6 apuestas por la vida rural

La asfixia inmobiliaria y la falta de horizontes laborales están provocando que un número creciente de vecinos, en su mayoría jóvenes, se asienten en entornos rurales. A pesar del incesante éxodo, demasiado a menudo se encuentran con que en los lugares de destino no disponen de la tecnología y los servicios básicos. Aquí van seis historias de urbanitas que han apostado por la vida rural. OAN BLAU >MÚSICO (promotor del festival itinerante Rodautors) Veranos, Navidades y siempre que podía, de niño y adolescente, Joan Blau (Barcelona, 1982) estaba en Balaguer. Es el pueblo de sus abuelos, donde él siente sus raíces. La localidad actuó de faro en un momento en que ni veía su futuro como músico en Barcelona, ni se sentía capaz de intentar construirlo. La ciudad le asfixiaba. “No tenía trabajo y estaba a disgusto. En Barcelona la oferta de todo es exagerada, tienes que elegir constantemente. Cada día hay mil actividades, y siempre falta tiempo para todo. Eso es parte del estrés urbano. Es como comprar en un supermercado, tienes de todo, pero es anónimo. No me gusta. Yo, pudiendo hacerme llegar a casa cualquier cable o cuerda de guitarra comprándola por internet, sigo prefiriendo ir a la tienda de Lleida donde entablé amistad con el dueño. Y sé que estoy dando vida a una familia, eso para mí es importante”.

“La tranquilidad, el aire y la tierra tan cerca me han ayudado mucho a aislarme y crear música”

Así late el corazón de este cantautor de 37 años que dejó la ciudad para vivir en el pueblo. “Lo primero que hice fue sacarme el carnet de conducir. En Balaguer todo lo puedes hacer a pie, pero para salir dependes del coche, porque el transporte público es escaso”, explica. Encontró trabajo en un centro de chavales con discapacidad. “En el pueblo trabajas igual, pero el tiempo cunde más. Comes más sano porque siempre conoces a un payés al que comprar verdura”, explica. “La tranquilidad, el aire, la tierra tan cerca me ha ayudado mucho a aislarme y crear música”, dice. Ya ha editado dos discos y es cofundador del festival Rodautors, que promueve conciertos en pequeños núcleos rurales. “El hándicap es el público. Quienes nos dedicamos a la música [él ahora de pleno] debemos seguir con un pie en Barcelona, donde aseguras más taquilla, te haces un nombre y tienes más locales para actuar”, lamenta. BERTA PÉREZ Y ALFONS RUIZ EDUCADORES CANINOS En cambio, a Berta Pérez Alfons Ruiz, la ciudad no les dio ni el espacio ni las facilidades para montar el proyecto que les ilusionaba: una residencia canina. “Con los alquileres de Barcelona era muy complicado”, dice ella. La pareja se mudó a la Alta Ribagorça. Tienen claro que, de no haberse ido de la ciudad, no habrían tenido tres hijos. Él, hijo de carniceros, trabajaba en el negocio familiar, y ella, en una fundación, como educadora especial. Buscaban un pueblo pequeño, y en una carnicería de Barruera le ofrecieron un empleo a él. “Poder llegar con trabajo es muy importante porque en el Pirineo, fuera de temporada, no hay muchas oportunidades, a no ser que crees tu negocio”, dice.

“Muchos jóvenes que van a Barcelona o Lleida a estudiar ya no se quieren quedar en la ciudad”

Y ellos lo hicieron. Han montado una guardería y residencia canina, donde también imparten formació en  entreno de canes y seminarios de iniciación a la detección deportiva. “En el contexto rural, para la escuela del pueblo es importante que una pareja joven llegue con tres hijos. Sin embargo, aún te recuerdan que eres de fuera”, dicen. “Incluso habiendo montado un negocio que trae gente a nuestros cursos y a turistas alojados en hoteles de la zona cuyos perros cenan y pernoctan con nosotros”, añade. “En la Ribagorça estuvimos a punto de perder el servicio de bomberos y la presión vecinal y municipal lograron evitarlo –añaden–. Sin embargo, solo tenemos pediatra tres tardes para toda la comarca; Barcelona lo centraliza todo, cuando el mundo rural es básico. Sin él, no podemos cuidar el planeta”, afirma Berta Pérez. “Aquí nos faltan mejoras de infraestructuras y carreteras, y vivienda. Familias que vendrían no encuentran alojamiento para todo el año”, añade.”La lengua nos ha ayudado mucho. Dos de nuestros hijos han nacido aquí y ya se nos ha enganchado el deje. Eso es importante para la gente de aquí”, añade la pareja, a quienes les alegra que “ahora muchos jóvenes que van a Barcelona o a Lleida a estudiar, con 19 o 20 años, no se quieran quedar en la ciudad”.

Maria del Mar López-Pinto, Jordi Solsona y sus cervezas. /RAMON GABRIEL

MARIA DEL MAR LÓPEZ-PINTO Y JORDI SOLSONA DISEÑADORES GRÁFICOS Mientras, Barcelona sigue y, si las políticas públicas no lo impiden, seguirá despidiendo a gente. De la noche a la mañana, subieron el alquiler del piso donde vivían Maria del Mar López-Pinto y Jordi Solsona en el barrio de Horta. Fue la gota que determinó que dejaran la ciudad. “Con la crisis el trabajo aflojó y, como hacía tiempo que sentíamos la necesidad de un cambio, cogimos los bártulos y nos fuimos”, explica ella. Primero trabajaron en la estación de esquí de Masella, pero fue la herencia de una casa familiar en Penelles (Noguera) el puntal que los ancló en el lugar donde han podido no solo incrementar sus ingresos como diseñadores gráficos (ahora son cuatro en plantilla), sino que hoy son también productores de cerveza (Lo Perot).

“Con la crisis, el trabajo aflojó y, como sentíamos la necesidad de cambiar, cogimos los bártulos y nos fuimos”

“Aquí trabajamos mucho más, pero disfrutamos tanto por el entorno que nos cuesta diferenciar cuándo estamos trabajando o no”, dice Jordi. “En cualquier momento puedes pisar la tierra, el huerto, pasear a los perros. Aquí las puestas de sol, el horizonte, los pájaros, todo te hace estar mejor y enfocarte más en lo que haces”, añade. “Eso sí, estamos en la plana de Lleida y no tenemos fibra”. La pareja creó el festival de murales y arte rural Gargar Festival que ha situado a Penelles en el mapa. “El Gargar es el sonido de un ave en extinción. En un pueblo como Penelles, de 450 habitantes, el 70% de los cuales tienen 70 u 80 años, es nuestro grito de socorro”, explica Maria del Mar.

 

Joaquim Roqué, en la Vall de Ribes. / JORDI RIBOT PUNTÍ (ICONA)

JOAQUIM ROQUÉ PRODUCTOR DE PROYECTOS WEB Y AUDIOVISUALES En la Vall de Ribes, otro festival, el Gollut, es mérito de otro barcelonés que dejó su ciudad. Joaquim Roqué también sufrió la especulación inmobiliaria. Vivía en un piso en Roquetes del que había sido desahuciada una familia, pasó de banco en banco y, una vez que él lo alquiló, decidieron sacarle más partido con turistas. No le renovaron el contrato. “Cuando la ciudad me expulsó, pensé en mi vínculo con el Pirineo”. Se instaló en la casa familiar, en Ribes Altes. Su ordenador es su oficina y los clientes de su productora de proyectos web y audiovisuales, Dinamicenginy, interactúan con él como cuando les servía desde Barcelona. Pero el paisaje cambió. “Hoy he comido calabacín y patata de mi huerto. La vida es mucho más simple y confortable aquí. Y gracias a la tecnología sigo enriqueciéndome profesionalmente”, dice.

“Hoy he comido calabacín y patata de mi huerto. La vida aquí es mucho más simple”

“Los gobiernos hablan del territorio pero sus políticas no reequilibran. Yo he visto desaparecer explotaciones enteras donde ahora crece bosque”, asegura. “Solo el 2% y el 3% de la población es ganadera”, resume. “¿Por qué no traslada la Administración delegaciones a zonas rurales y se reparte el empleo público en el territorio? Con la tecnología podemos acceder a trabajo cualificado desde los pueblos. La despoblación es un enemigo invisible porque el intelecto se empobrece. Quienes quedan son héroes extremadamente prácticos, pero es vital el arte, la música, la poesía, el cine, una manera de ver mundo sin moverte de casa, crear empresa y enriquecernos no solo con dinero”, afirma. Roqué es miembro de la asociación Fem Vall de Ribes, un foro civil para repensar la vida en el valle e incidir en la política municipal en favor de la comunidad, con proyectos como el cohabitaje.

 

María José Domínguez y Ángel Carretero, entre viñas.  /JOAN REVILLAS

MARÍA JOSÉ DOMÍNGUEZ Y ÁNGEL CARRETERO BIÓLOGOS Los biólogos Ángel Carretero María José Domínguez –él, del barrio de la Sagrada Família, en Barcelona, y ella, de Galicia– se conocieron en la universidad. Con trabajo los dos, compraron un piso en la ciudad. “Pero el futuro en la investigación –la especialidad de ella– no es claro y si quieres apostar por él, debes renunciar a la familia”, apunta María José.

“En Barcelona, pasas años sin ir más allá del ‘hola y adiós’ con tus vecinos. En el pueblo, el primer día ya nos preguntaron quiénes éramos”

Aprovechando una propiedad agrícola de la familia de Ángel en El Perelló, dieron carpetazo a sus dudas sobre el futuro y se pusieron a construirlo ellos mismos. “Hemos reconvertido la finca para explotarla como inversión. Nos pusimos a estudiar enología y hemos hecho un cambio de vida radical, desde un punto de vista personal y profesional”, dice ella. “Ahora dependemos mucho del clima, también es muy incierto, pero vivir en plena naturaleza nos gusta”, aseguran. “En Barcelona pasas años sin ir más allá del ‘hola y adiós’ con tus vecinos. En el pueblo, el primer día ya nos preguntaron quiénes éramos. Aquí se funciona de otra manera. En Barcelona, a los 7 años los niños no van solos por la calle y en el pueblo, sí. Todo el mundo sabe quiénes son. Nos cuidamos entre todos, puedes hacer red con los compañeros de trabajo y compartir coche”, explica Domínguez. Ella compagina clases de Biología en un instituto de la zona con el trabajo en la bodega El Grial, donde producen su vino ecológico. “No dejamos de formarnos, es un mundo muy competitivo. En el Consell Comarcal ofrecen cursos gratuitos sobre márketing y gestión empresarial, financiados por la UE, para dar valor al territorio”, explican.

 

Núria Guerrero y Lluís Buson, con su miel de Flix. /JOAN REVILLAS

NÚRIA GUERRERO Y LLUÍS BUSON Química e ingeniero técnico agrícola A una hora escasa de ellos, otra pareja, Núria Guerrero y Lluís Buson, también desarrollan su proyecto de vida y un negocio de apicultura. Ella, de L’Hospitalet de Llobregat, y él, de Riba-roja d’Ebre, habían vivido a cinco minutos a pie uno del otro mientras él estudiaba Ingeniería Técnica Agrícola en Barcelona. Fue una amiga común quien los presentó.

“Núria transformó la tienda del pueblo, le dio su aire y multiplicamos las ventas por cuatro”

En el 2015, ella acababa su carrera de Químicas y trabajaba de administrativa en Autopistas. En fin de año, le comunicaron que no le renovaban el contrato y aquello fue decisivo para que Núria dejase la ciudad y construyera su porvenir en la Ribera d’Ebre. Desde Flix, juntos producen miel y un exitoso vinagre de miel, todo bajo su propio sello, Somper. “Ella transformó la tienda, le dio su aire y multiplicamos las ventas por cuatro. Tengo claro que, si no fuese por Núria, el negocio no existiría”, afirma Buson

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